Islas Lofoten, road trip en Noruega Ártica Una sucesión de picos nevados, una muralla montañosa que desde antiguo se conoce también como el muro de las Lofoten , Lofotveggen , es ...

abril 11, 2019

Islas Lofoten, road trip en Noruega Ártica

Lofoten, puesta de sol en A por El Guisante Verde Project

Una sucesión de picos nevados, una muralla montañosa que desde antiguo se conoce también como el muro de las Lofoten, Lofotveggen, es visible desde el cielo a nuestra izquierda en la llegada en avión a Bodø. Mientras soñamos con la ruta, un nuevo road-trip que nos espera en estas latitudes, al norte del Círculo Polar Ártico, e intentamos situar las islas Lofoten sobre un mapa, no somos conscientes de que se trata, en realidad, de dos archipiélagos: Vesterålen, el mayor, al norte y Lofoten, al sur.

Playa de Lofoten, por El Guisante Verde Project

Carreteras en Lofoten, por El Guisante Verde Project

Lofoten, paisaje de montaña invierno, por El Guisante Verde Project

Cuesta resumir lo majestuoso de nuestra segunda escapada a la Noruega Ártica: un recorrido que, partiendo de Bodø por la carretera que serpentea a lo largo de la costa del continente, nos lleva hasta Bognes, donde tomamos el ferry a Lødingen, ya en las islas Lofoten. Visitamos en ellas Svolvær, Borg, Henningsvær, Vikten, Nusfjord, la playa de Ramberg, Reine, Å... Al deshacer el camino, en nuestro viaje de regreso a Bodø, nos alojamos en la isla de Engeløya, junto a la costa del continente, donde pudimos admirar de nuevo ese muro de montañas, ahora pintadas de blanco, que forman las Islas Lofoten.

Lofoten paisaje congelado, por El Guisante Verde Project

Lofoten, puerto de Svolvaer por El Guisante Verde Project

Lofoten, reflejos sobre el hielo

Pegados a la ventanilla del avión, escudriñamos la superficie de las Lofoten; la tierra forma un todo con el mar, imposible diferenciar una del otro. Es, sin duda, el mayor espacio congelado que hemos visto nunca; los núcleos de población se ven desde arriba muy aislados, casi abandonados a su suerte, en medio de un manto blanco y, esa visión, nos hace preguntarnos por el carácter de las personas que habitan aquí, por encima del Círculo Polar Ártico, donde tiene sentido hablar de coordenadas, grados y minutos.

Lofoten, cabaña aislada por El Guisante Verde Project

Lofoten, atardecer, por El Guisante Verde Project

Ferry al atardecer en Lofoten, por El Guisante Verde Project

Con ese tremendo contraste de días sin fin en verano, con el sol de medianoche, y las largas noches polares con sus auroras boreales, es fácil entender por qué las Islas Lofoten fueron una inspiración para Julio Verne o Edgar Allan Poe. Es una ensoñación saber que durante unos días nuestra ubicación oscilará entre los 67 y 68 grados latitud norte.

A medida que el ferry nos acerca a Lødingen, apreciamos decenas de picos montañosos que se pierden en el horizonte; el muro de las Lofoten se hace cada vez más imponente, más infranqueable, más salvaje, hasta el punto de hacernos dudar que realmente exista un mundo detrás de esa inmensa cortina de hielo y nieve.

Lofoten, paisaje de alta montaña, por El Guisante Verde Project

Mientras caminamos por el muelle, una vez desembarcados, nos rodea un paisaje que, de pronto, nos sitúa en la alta montaña, sólo que aquí la mayor parte de las mismas estaría bajo el agua, y las cumbres nevadas y sus picos aparecen frente a nuestros ojos como si en lugar de llegar en ferry hubiéramos subido en un teleférico. Son montañas que apenas sobrepasan los 1000 metros, aunque son tan escarpadas que suponen un imán para los escaladores.

Lofoten, paisaje de montaña, por El Guisante Verde Project

Lofoten, fiordo congelado, por El Guisante Verde Project

Lofoten, mar turquesa, por El Guisante Verde Project

Nusfjord en Lofoten, por El Guisante Verde Project

El archipiélago de las islas Lofoten es en estas fechas, finales del invierno, inicio tímido de la primavera, calma, silencio, luz y color. Como si nos encontráramos caminando por la paleta de Turner o Monet, hemos vivido días blancos, donde el cielo y la tierra se confundían; días de cielo azul intenso donde la nieve y el hielo brillaban como nunca antes habíamos visto; atardeceres rosados que nos trasladaban a otras latitudes; hemos admirado aguas verdes, azules, turquesas que nos llamaban como sirenas a internarnos en sus profundidades; y hemos gritado, saltado, llorado, en noches oscuras de azul cobalto, casi negro, iluminadas por miles de estrellas y las luces del norte, la aurora boreal bailando sobre nuestras cabezas.

Lofoten, aurora boreal sobre el fiordo, por El Guisante Verde Project

¿Cómo orientarse en un recorrido de blanco continuo, entre carreteras que zigzaguean sobre las islas, cuyas curvas desembocan en circos congelados rodeados de perfectas pirámides o en imposibles puentes sobre el agua? ¿Cómo saber si estamos atravesando el fiordo o ya nos asomamos al mar? Casi como en un juego de espejos, puesto que las vistas compiten entre sí constantemente, desde el continente miramos a la cadena montañosa de las Lofoten y desde ellas a las del continente, aunque resulta inevitable preguntamos si lo que vemos es ya otra isla. El sol, al menos, nos permite saber que nos movemos de sur a norte y de norte a sur, pero determinar cuántas veces hemos cruzado entre islas llega a ser algo así como la sensación placentera de un viaje en el que no sabemos exactamente en qué día estamos. Desde 2007 ya es posible hacer todo el recorrido por carretera entre las cinco islas principales gracias a puentes y túneles; aun así, no le quita magia al recorrido y sigue siendo una sorpresa lo que encontraremos tras cada curva del itinerario.

Carretera de Lofoten, por El Guisante Verde Project

Puentes en Lofoten, por El Guisante Verde Project

Lofoten, reflejos sobre el fiordo, por El Guisante Verde Project

Atravesamos una sucesión de increíbles imágenes, montañas modeladas por cuatro glaciaciones diferentes, oscuras, ahora resaltadas por la nieve. Es como si gigantes hubieran troceado la montaña, lanzando pedazos de roca que parecen cubiertos de azúcar glas en la orilla, contrastando de forma abrupta con el agua turquesa, con las ensenadas congeladas, craqueladas, ya casi a punto de rasgarse. Los reflejos en el agua engañan a nuestros sentidos, nos muestran un mundo patas arriba, tan perfecto como el original. Eso sí, aunque son cada vez más los viajeros que se acercan a estas latitudes, no es fácil encontrar un hueco para detenernos cuando el paisaje tienta a nuestras cámaras, y en varias ocasiones los lugareños paran su coche para preguntarnos si todo va bien, si tenemos algún problema. Un indicio de la necesidad de preocuparse por los vecinos en un territorio tan poco poblado.

Lofoten, aves marinas y montañas, por El Guisante Verde Project

Lofoten, playa de Ramberg, por El Guisante Verde Project

Lofoten, Rambergstranda, por El Guisante Verde Project

Ni siquiera una panorámica es capaz de recoger todo lo que ven nuestros ojos. Sólo con girarnos cambia la luz, las sombras, el agua, estamos quietos y en realidad nos hallamos en 5 paisajes a la vez; con sólo cambiar el enfoque, encontramos caminos diferentes que seguir. Mirando estos inmensos prados de nieve, no nos sorprende que puedan existir tantas palabras para definirla, puesto que las texturas dirán a un ojo experto si podemos cruzar sobre ella, o si ese viento que dibuja figuras sobre su superficie avisa de algún cambio repentino del tiempo.

Lofoten, prados de nieve, por El Guisante Verde Project

Lofoten, puerto pesquero congelado, por El Guisante Verde Project

Lofoten, rorbuer en Nusfjord por El Guisante Verde Project

Las rorbuer, cabañas de pescadores, pintadas fundamentalmente de rojo, junto a las granjas y viviendas en ocre o amarillo, ponen algo de color a un paisaje en el que parece fácil perderse, fundirse, desaparecer…

Lofoten, montañas sobre el fiordo, por El Guisante Verde Project

Nos ha gustado especialmente ser testigos del intenso trabajo de los pescadores de bacalao, el famoso Skrei, cuyos ejemplares llegan a las Lofoten a desovar de enero a marzo; ver los pequeños barcos salir de noche y a los trabajadores de las conserveras, cortar y colgar las piezas durante el día en los secaderos, unas estructuras piramidales, que sirven para secar las colas y cabezas, y también son un icono diferenciador en las islas. Estructuras que simulan el tejado a dos aguas de una casa, y que al igual que los picos nevados, sobresalen entre la nieve, como si el resto del esqueleto en madera de la casa estuviese sepultado por el peso de los bacalaos puestos a secar, colgados como murciélagos durante meses en estas vigas, y cuyo olor característico es ahora más sutil que en verano.

Lofoten, secaderos de skrei en Henningsvaer por El Guisante Verde Project

Lofoten, Puerto de Henningsvaer por El Guisante Verde Project

Lofoten, Hamnoya por El Guisante Verde Project

Lofoten, Reine, por El Guisante Verde Project

Las Islas Lofoten y sus alrededores nos han regalado una semana luminosa de nieve y cielos azules, unos espacios privilegiados para ver las auroras boreales y fotografiar su reflejo en el agua, en la nieve; esos verdes que giran en espiral, que se abren en abanico, que simulan las alas de un pájaro... Esos colores, sí, rosas, rojos, lilas, azules, que igual que el teclado de un piano, alguien hacía cambiar y aletear a una velocidad endiablada. Habíamos tenido la suerte de ver antes auroras en Tromso, aunque lo cierto es que ahora sabemos que solo había sido un preludio... Tromso, el reino de la Aurora Boreal en Noruega.

Aurora boreal en Engeloya por El Guisante Verde Project

El cielo se enciende, confunde a nuestras cámaras, no sabemos dónde mirar, donde apuntar… Un subidón de energía acompaña esa explosión de color y movimiento que como una sucesión de maquilladas “vías lácteas” se asoma sobre nuestras cabezas. Pintores caprichosos parecen reforzar el perfil de unas montañas imponentes, realzadas por la luz de la Luna y un cielo estrellado que aún sin aurora boreal es un espectáculo.

¿Cómo transmitir esa ilusión, nuestros saltos, nervios, alegría, sorpresa… las huellas en la nieve que muestran nuestra danza en círculos, hundiéndonos sin consciencia de ello, cambiando la dirección de los trípodes, sonriendo como niños ante el despliegue de esa paleta que juega a engañarnos, una pizarra en la que los dibujos aparecen, se borran, se acentúan, se difuminan…? Así es la Aurora Boreal, las Luces del Norte, que primero en Lofoten y luego en Engeløya, nos ha vuelto a premiar en esta nuestra segunda visita al Ártico.

Aurora Boreal en Lofoten, por El Guisante Verde Project



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4 comentarios :

  1. Nosotros fuimos a las Lofoten en verano y nos entusiasmaron, era como estar en otro mundo. Las montañas surgiendo del agua, los fiordos con aguas de colores increíbles, prácticamente veinticuatro horas de luz, los pueblos con esas casitas de colores, el sol de media noche.... para no olvidar. Pero queridos guisantes, las Lofoten nevadas, y con esas auroras, solo hay que ver vuestras fotos y sobretodo leer el texto tan expresivo de lo que allí sentíais. Un post precioso. Un beso a los dos.

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    1. Los Tiramillas, tiene que ser curiosa la presencia de luz tantas horas al día, nosotros no hemos estado tan al norte en verano; ya veremos si algún día nos animamos, tiene que ser muy diferente, como decís. ¡Bstes!

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  2. A ver si para el año que viene consigo ir de una vez. Uno de esos destinos que se me está resistiendo duramente. Me quedo con vuestra guía para consultarla y espero, por fin, ver auroras boreales como las que habéis fotografiado. Maravillosos paisajes que espero ver algún día. Y vaya tiempo que os hizo ¡qué suerte! :-)

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    1. Antonio Quinzan, a veces ocurre que un destino se resiste, y no hay forma de encajarlo. En cualquier caso, estamos seguros de que terminarás por ir, y seguro, segurísimo que vas a volver encantado. Es una experiencia mágica. El tiempo, jajaja, la verdad es que estamos teniendo mucha suerte con el tiempo en Noruega, ¡a ver dura la racha! ¡Un abrazo!

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