Invierno. De nuevo, con las primeras nieves, regresamos a un valle orientado al norte, atravesado por el Garona, escondido en la cordillera que nos separa de Francia, una isla en los Pirineos: la Val d'Aran, el Valle de Arán, uno de los lugares que más nos gusta de esas montañas. De sobra conocido es que en la Val d'Aran se encuentra uno de los mejores dominios esquiables de la Península, la estación de esquí de Baqueira Beret y parece que todo en esta época se mueve al son de la nieve acumulada en las pistas. Sin embargo, ¿que ocurre cuando esquiar no es una opción?.
Nos calzamos las botas de montaña. Un buen número de senderos están a nuestro alcance, sobre todo si utilizamos raquetas de nieve como ya hemos comprobado en otras ocasiones. Solamente en Naut Aran, están señalizados 12 itinerarios que discurren por los caminos tradicionales utilizados por los araneses para desplazarse entre los pueblos cuando no existían las carreteras.
Sin embargo, en esta ocasión y a pesar de la nieve caída, no las hemos necesitado para realizar un trayecto clásico: el que partiendo del aparcamiento de Beret nos lleva en un cómodo paseo de seis kilómetros por una pista sin asfaltar hasta el Santuario de Montgarri. Una ruta que nuestra amiga Mertxe ha conseguido que realizáramos al fin, tras años de insistencia, y la verdad es que tenía razón al recomendarla.
El antiguo santuario se encuentra al abrigo de las montañas, entre prados y bosques, junto a las orillas del Noguera Pallaresa. Allí podemos aprovechar para hacer una parada al calor del refugio al tiempo que nos servimos una buena olla aranesa para afrontar el regreso con garantías...
La olla es un plato de cuchara, de esos que levantan el ánimo. En sus orígenes se trataba más bien de una sopa a base de col, verduras, legumbre (alubias), fideos y algún hueso de jamón. Actualmente, se le han incorporado los garbanzos y diferentes tipos de carne, de forma que prácticamente no hay dos ollas iguales, lo que es una suerte.
No será la última olla que probemos durante nuestra corta estancia. Al norte del valle, y en los límites fronterizos con Francia se encuentra la parte más recóndita de Arán, la Val de Toran. En el refugi dera Honeria, realizaremos el avituallamiento para afrontar un tramo del GR 211 que nos llevará a Sant Joan de Toran y a Canejan, dos típicos pueblos araneses que contemplan desde las alturas el día a día de los habitantes del valle.
Esta parte del GR 211 es un camino esforzado a ratos, como la primera arrancada desde Sant Joan de Toran, hasta que va ganando altura y fue una suerte poder terminarlo con las luces del atardecer que resaltaban los colores, más propios de mediados del otoño que de comienzo del invierno, del paisaje que nos rodeaba, libre aun de nieve salvo es estas cotas. Viendo las cumbres de las montañas cubiertas de un manto blanco, imaginamos que este sendero con nieve debe ser aun más impresionante, así que habrá que tenerlo en cuenta.
Durante nuestros recorridos nos hemos encontrado con diversos paneles, Espacios de la Memoria, que nos hablan de la historia más reciente del valle, de acontecimientos como la utilización de los pasos de montaña durante la II Guerra Mundial, tanto por los maquis, como por miles de judíos que huían de la exterminación, desafiando a la climatología, y a la vigilancia fronteriza en una carrera donde el premio era la libertad.
Si el tiempo acompaña, y el cielo está despejado como durante nuestra estancia, otro recorrido espectacular es el que partiendo de la cafetería del Cap del Port de la Bonaigua, tras dejar un poco más atrás la cota 2072 nos situa rápidamente por encima del nivel de las pistas abriéndose ante nosotros una panorámica magnífica del valle, además de parte del Circ de Saboredo, el Gran Tuc de Colomès, el de Cendrosa o el Montardo.
El Valle de Arán es, en si mismo, un microcosmos que se ha mantenido, hasta hace relativamente poco tiempo, aislado de los territorios que lo rodean. Un aranés con el que charlamos en el pequeño pueblo de Unha, nos comenta como los habitantes del valle sufren el hecho de la insularidad, a pesar de encontrarse en pleno centro de los Pirineos. Nos hace ver como la Val d'Aran es relativamente estrecha, con altas montañas que impiden tener conciencia clara de los atardeceres y amaneceres, donde no existen horizontes amplios y nada parecido a una puesta de sol sobre el mar. Incluso los accesos hacia el exterior, limitados a cuatro carreteras, contribuyen a esa sensación de encontrarse en una pequeña isla. No en vano hay que pensar que hasta el siglo XX no se abrieron las vias de comunicación con el resto de España y que durante los inviernos el valle quedaba completamente aislado.
Sin embargo, o tal vez por eso, la riqueza cultural basada en la tradición que acumula el valle es impresionante. Si las caminatas os han dejado exhaustos, podéis realizar una inmersión en la vida tradicional aranesa, visitando algunas casas de los siglos XVI y XVII, como la Casa Paulet en Arties, el Musèu dera Val d'Aran en Vielha, el deth Corrau en Bagergue, o el ecomuseo Çò Joanchiquet en Vilamós por citar algunos. Para poder entender la importancia de la nieve en la vida del valle el Musèu dera Nhèu en Unha y el PyrenMuseu sobre los primeros exploradores del Pirineo, en Salardú. Tampoco podemos olvidar el pasado industrial de Arán, presente en la Mòla de Salardú, la Fabrica dera Lan en Vielha o la antigua Mina Victoria.
Sin duda, uno de los motivos culturales por los que visitar el Valle de Arán es su excepcional patrimonio artístico, y muy particularmente su arte románico, fruto de una situación económica favorable a partir del siglo XI y sobre todo durante los siglos XII y XIII. Un arte que se fue enriqueciendo con aportaciones estilísticas de los estilos posteriores y que se ha mantenido, gracias al aislamiento del valle, hasta nuestros días. Es la Ruta Románica de Arán.
Ha sido durante este último viaje cuando nos hemos acercado a dos de las iglesias de Arán, y nos hemos quedado, es justo reconocerlo, asombrados ante el espectáculo de color y la extensión de las pinturas murales que ocupan buena parte de los templos que hemos visitado, en un recorrido que nos ha dejado con ganas de más y que a buen seguro completaremos en una próxima ocasión.
En Sta. Eulària d'Unha, un edificio del siglo XII y decoración lombarda, recoge en su interior un sorprendente y variado conjunto de pinturas murales de abarca desde el románico al gótico y renacentista, que ilustra a la perfección el papel que el arte jugaba en la educación cristiana. Las pinturas murales eran libros abiertos, un recordatorio y un complemento a los sermones de los sacerdotes.
St. Andrèu de Salardu, que se encontraba dentro del recinto de un castillo, refleja la transición del románico al gótico y junto a una de las obras maestras de la imaginería románica, la talla en madera del Cristo de Salardú, muestra un espectacular conjunto pictórico renacentista de los siglos XVI y XVII. Semejante obra pictórica derivó probablemente al peregrinaje asociado a la veneración del Cristo, símbolo de protección no solo para Salardú sino para todo el Valle de Arán en tiempos difíciles de guerras o penurias.
También es justo mencionar el ambiente de los pueblos durante el invierno, los numerosos espacios gastronómicos, desde bares de pintxos a restaurantes y tiendas delicatessen, el olor de la leña que se extiende por las calles, el frío que se siente en la cara y los cielos estrellados. Hay mucho que descubrir en la estación de las nieves en la Val d'Aran. No esquiar no es la excusa para no hacerlo.
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Valle de Aran, una isla en los Pirineos
He visitado varias veces ese valle maravilloso, aunque yo no camino tanto y me he quedado más pegado al asfalto. No obstante, esas rutas me llaman la atención y me gustaría recorrerlas (aunque sean las más fáciles) cuando vuelva a España.
ResponderEliminarEl conjunto artístico es igualmente impresionante.
Hay rutas sencillas, Tawaki, que paso a paso se hacen tranquilamente, sin problemas... y la recompensa está servida, paraje precioso, patrimonio y gastronomía a la altura
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