octubre 12, 2014

Los Mil Colores del Otoño. Un Road Trip por las Carreteras de Vermont


El otoño es una estación realmente mágica en todo el noreste de los Estados Unidos de América. Durante nuestro road trip en busca de los mil colores de ese otoño, recorrimos buena parte de los estados de Vermont y Nueva York. En este post, no obstante, nos centramos en el primero, el estado de Vermont, y en un mapa que ofrece muchas posibilidades.

En el menú desplegable de la izquierda hemos señalado tres rutas en coche por las que disfrutaréis de paisajes magníficos, sin apenas esfuerzo, incluidos algunos de los famosos puentes cubiertos, covered bridges que caracterizan la región, y que cuentan incluso con un museo, en Bennington. La mayor concentración de estos puentes la encontraréis al sureste del estado, en Windham County.

Vermont Puente Cubierto, Smugglers Notch Stables


En rojo destacamos pueblos como Brandon, donde  alojarse o simplemente tomarse un respiro para observar la vida, que tiene su propio ritmo, opuesto al de las grandes ciudades. En la esquina de Franklyn con Park visitamos un local de antigüedades, helados (con el riquísimo de sirope de arce) juguetes, carteles, una mezcla ecléctica donde es fácil sentirse transportado a la infancia, casi tienes ganas de jugar al béisbol. 

Local de Brandon, Vermont

Hortonia Lake, Vermont

Existe, sin duda, una forma mucho mejor de acercarse al paisaje de otoño en Vermont: caminando. Aquí podéis recorrer, entre otros, el primer camino de larga distancia (señalizado como tal), del país: el mítico Long Trail. Entre Massachusetts y Canadá recorre 264 millas, y buena parte (un poco menos de la mitad), discurre por el Green Mountain National Forest.

Vermont Texas Falls Trail

Recorridos en los que tan pronto nos encontramos sumidos en la penumbra y piedras cubiertas de musgo nos llevan a lugares como las Texas Falls, como nos conducen entre bosques que parecen infinitos, donde los colores pugnan por engañar a nuestra vista y a nuestras cámaras, dando la sensación de ser irreales. Una alfombra multicolor que se extiende a nuestros pies.

Hojas de otoño

Cartel indicador en el Long Trail en Vermont

Vermont Sterling Pond

Otro camino de leyenda es el Appalachian Trail que a lo largo de sus 3500 km de recorrido, atraviesa el estado por el sur de las Green Mountains. Caminar por un tramo de este sendero os asegurará una experiencia magnífica de lo que supone el otoño aquí, la fall foliage season. Uno siente que la escala es otra, que se ha hecho pequeño, que la calma te hace percibir más olores y sonidos, las ardillas acuden a compartir el bocadillo con nosotros.

Además de senderos para realizar a pie, las carreteras que recorren la zona nos permiten experimentar  algunos tours singulares, como el Cheese Trail, elaborado por Vermont Cheese Council y que incluye casi cuarenta granjas que podremos visitar para conocer de primera mano el proceso de elaboración de quesos artesanales, y también del conocido cheddar.



La visita de granjas es una actividad muy desarrollada en toda Nueva Inglaterra, también en el estado de Nueva York, y aquí, en Vermont, las encontraremos en cantidad y variedad. Manzanas, calabazas, fresas, frambuesas… que pueden ser recogidas por nosotros mismos durante la visita. Las cervezas artesanas se han convertido en un auténtico boom, al igual que los supermercados y restaurantes donde lo ecológico es seña de identidad.

Vermont, Winslow Farms

Granjas de Vermont

Vermont, granjas

No hay ciudades de gran tamaño en Vermont, la mayor es Burlington, con algo menos de 40000 habitantes (la mayoría, además, está muy por debajo de esta cifra), se encuentra en el noroeste del estado. Las vistas y recorridos junto al Lake Champlain, el mayor del país después de los Grandes Lagos, o el Shelburne Museum son motivos más que suficientes para una parada.

Vista de Vermont junto al lago Champlain

Nosotros elegimos Stowe como campamento base, al norte de las Green Mountains. Un enclave privilegiado desde donde tendremos acceso a un buen número de trails, como el moderado Taft Lodge/Mt.Mansfield via the Long Trail o el exigente Hellbrook Trail. Nuestras carreteras de referencia son la 7, 100, 108, 125, 12…

Stowe, Vermont

Muy cerca de Stowe, en Waterbury, es obligada la parada ya que podremos conocer la historia de Ben Cohen y Jerry Greenflield que en 1978 fundaron aquí, en una vieja gasolinera abandonada, su fábrica de helados, hoy mundialmente conocida, Ben & Jerry's Ice Cream Factory.

En el centro del estado, uno de los lugares mas bucólicos es Mad River Valley y Sugarbush, con dos pintorescos pueblos, Warren y Waitsfield. Aquí encontramos también las llamadas gap roads (Brandon Gap, Middlebury Gap o Lincoln Gap que cruzan las Green Mountains de este a oeste y que no debéis dejar de hacer porque os ofrecen unas vistas incomparables, siendo la mejor de todas la del Appalachian Gap en la VT 17.

Jeffersonville, Vermont

Orwell, Vermont

Bennington, en el sur, en especial su parte antigua o Brattelboro son ciudades a visitar. Como curiosidad, Rudyard Kipling se casó con una vecina de Brattelboro en 1892, y mientras vivió aquí escribió su obra El Libro de la Selva. Son muchas las sorpresas que nos depara el recorrido, como encontrarnos de pronto en Orwell.

También en el sur, Newfane, alrededor de 100 habitantes, aparece como la postal perfecta de lo que es Vermont: árboles, iglesias blancas de tejado apuntado, casas señoriales, y una naturaleza que muestra las estaciones como ninguna. 

Casas en plena naturaleza, Vermont

Grafton, un auténtico reflejo del viejo Vermont, gracias al programa de restauración y conservación impulsado por Windham Foundation, también merece una visita.

Campos de color naranja donde miles de calabazas aguardan su momento, cultivos de café, los famosos helados de Ben & Jerry, el imprescindible sirope de arce, la sidra, las micro-cervecerías, pueblos llenos de fantasmas que nos saludan anunciando Halloween, árboles de todos los colores, lagos que se confunden con el cielo... todo eso y mucho más es Vermont en otoño. ¿Os apetece descubrirlo?

Vermont roads

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septiembre 28, 2014

El Jardin de la Sal, una experiencia para los cinco sentidos en La Palma

Salinas de Fuencaliente, La Palma

Sin duda una de las experiencias mas inesperadas de nuestro reciente viaje a la La Palma, la Isla Bonita, la hemos disfrutado en el extremo sur de la isla, en terrenos del municipio de Fuencaliente, donde se erigen orgullosos dos auténticos supervivientes. Las Salinas, fruto del sueño de un emprendedor, Fernando Hernández, y el viejo faro (convertido hoy en Centro de Interpretación de la Fauna Marina y Museo del Mar), que se encuentra acompañado por uno nuevo, más alto y moderno, aunque su vida no es, hasta el momento, ni comparable con la de su viejo compañero.

Salinas de Fuencaliente, los Faros, y el volcán Teneguia, La Palma

El antiguo faro, de 1902, resistió, aunque sufrió graves daños, los terremotos provocados por el cercano volcán San Antonio en 1939, y los que crearon diez años después el volcán San Juan.

Sin embargo, fue el 26 de octubre de 1971 cuando su suerte y la de las salinas parecía echada. El volcán Teneguía hizo erupción adoptando su forma actual y expulsando magma en dirección al faro y a las salinas. Los materiales incandescentes ganaron terreno al mar ampliando la superficie de la isla, y hoy constituyen la superficie más joven de España. Lo curioso es que se limitaron a rodear al faro, que no dejó de funcionar ni un solo día.

Allí, junto al faro que sobrevivió a tres volcanes, las Salinas de Fuencaliente que iniciaron su andadura en 1967, también evitaron la furia del Teneguia. Las cenizas paralizaron su actividad durante un año y continúan tres generaciones después con su labor artesanal.

La sal apilada secandose al sol, Salinas de Fuencaliente, la Palma

Las salinas pueden recorrerse mediante un sendero autoguiado, en el que aprendemos, por ejemplo, que son el hogar de algunas de las formas vivas más antiguas que se conocen, capaces de vivir en un medio absolutamente hostil.

Podemos observar como las salinas aprovechan la pendiente del terreno, y se disponen en terrazas, facilitando el proceso. Llama la atención el color rosado de los llamados cocederos, debido a la presencia de un bacteria primitiva y de un alga, la Dunaliella salina, alimento a su vez de un pequeño crustáceo adaptado al medio hipersalino llamado Artemia salina (símbolo de las Salinas, diseñado por César Manrique).

El proceso salinero, que comienza en el cocedero madre, finaliza en el tajo. Cuando la sal cristaliza en la poceta, el salinero la recoge y la amontona en los pasillos, donde se seca de forma natural. En Fuencaliente todo el proceso continúa siendo artesanal, realizado con herramientas tradicionales, entre las que se encuentra el cedazo para capturar la fina película de escamas salinas que flotan sobre el agua, que forman la flor de sal, la de mayor calidad.

Vista del paisaje que rodea las Salinas de Fuencaliente en La Palma

Las salinas son, también, parada y fonda para un buen número de aves como los correlimos, andarríos, chorlitejos, entre otros.

Hace poco más de un año a la labor de extracción de sal marina se le ha unido, (en el centro del recorrido autoguíado), una apuesta gastronómica que tiene la  sal como parte esencial y una de las protagonistas del restaurante temático: El Jardín de la Sal.

Jardín de la Sal, Fuencaliente, La Palma

Restaurante el Jardín de la Sal

Las mesas dispuestas con una degustación de tres tipos de flor de sal, entre las que nos conquista la de limón y pimienta, preparan ya nuestro paladar.

Grandes cristaleras nos permiten tener el mar por compañero durante la comida y es de agradecer el espacio, pocas mesas para preservar la intimidad de los comensales y facilitar el cómodo movimiento del personal de sala, como nos explica el chef, Juan Carlos Rodriguez.

Pulpo a la Brasa y Salteado de Chipirones, el Jardin de la Sal, La Palma

El restaurante apuesta por la utilización de ingredientes prodecentes de productores locales, también por los de elaboración propia, destacando los mojos y sales, como la de olivas negras que acompañaba al pulpo a la brasa con mojo rojo que degustamos, o las de tinta de chipirón o camarones.

Una carta de vinos donde predominan los de la tierra, los frescos blancos de Teneguía que se agotan pronto por la reducida producción, o tintos de Veganorte, son compañeros de viaje ideales para el pulpo, el salteado de chipirones crujiente con puntas de jamón o el centro de bacalao confitado con puré de boniatos y pimiento asado.

Centro de bacalao, Restaurante el Jardín de la Sal, La Palma

Langostinos a la Sal, Restaurante el Jardín de la Sal, La Palma

Los postres, como el helado de canela con espuma de arroz con leche y gelatina de limón, o la tarta de chocolate con granizado de fresas y albahaca con flor de sal, no solo son un regalo para la vista, sino una experiencia gustativa de primer orden, acompañados, por supuesto, de un malvasía dulce.

Helado de Canela, Restaurante el Jardín de la Sal, La Palma

Tarta de chocolate, Restaurante el Jardín de la Sal, La Palma

Es un lugar privilegiado, donde la potencia del paisaje a veces incluso abruma. Nos encontramos rodeados de volcanes, de materiales expulsados durante sus erupciones, paisaje lunar, terreno oscuro, negro incluso, y de mar. Un contraste realzado por las montañas blancas de sal y las características tonalidades rosadas. Un mar que golpea incesante sobre las rocas y que inunda el aire con su esencia.

Atardecer en el Faro de Fuencaliente, La Palma

septiembre 16, 2014

Sinagoga Nueva de Szeged, azul infinito


Szeged, llamada también Ciudad del Sol, se encuentra al sur de Hungría, muy próxima a la frontera con uno de los países surgidos de la escisión de la antigua Yugoslavia: Serbia. 


Un tanto apartada del centro de la población, y rodeada de árboles que durante la primavera y el verano la ocultan de las miradas menos curiosas, a pesar de que eleva por encima de los 48 metros de altura, se encuentra la que a menudo se identifica como la sinagoga más bonita de toda Europa.



No es tarea sencilla visitar estos edificios religiosos, incluso las no muy numerosas sinagogas históricas plantean retos al viajero, y de hecho, a menudo la entrada está vetada para la mayoría. Algo frecuente, también, en el mundo musulmán.


Hungría, por su situación geográfica en el continente europeo, y por los avatares de la historia, ha acogido en su suelo a las tres grandes religiones monoteístas, algo que tiene su reflejo en un colorido y diverso patrimonio cultural, y por supuesto, en un buen número de edificaciones religiosas que, por fortuna, pueden visitarse en su mayor parte.


Hemos visitado esta ciudad, Szeged, en varias ocasiones, y, por alguna u otra circunstancia, la Sinagoga Nueva nos había dejado fuera de sus muros. Hasta ahora.


Exteriormente, y también en su interior, el edificio es una mezcla de estilos arquitectónicos, fiel reflejo de la época en la que se construyó, 1907. Abundan los neos, con elementos tomados del románico y del gótico, el historicismo, art nouveau,  detalles moriscos…, aunque para contemplar el elemento más llamativo debemos acceder al interior. La cúpula, metáfora del Mundo.


Representa la fe, el espacio infinito, los diversos elementos que conforman la moral: el trabajo, la cultura y las buenas obras (obviamente según la interpretación que realiza el judaísmo), coronado el conjunto por la Estrella de David y los rayos del Sol. Las veinticuatro columnas del tambor de la cúpula simbolizan las horas del día, y el brezo florecido sobre el fondo azul, la fe.


Un magnífico altar al fondo, sobre el que se alza una versión más simple de la cúpula del propio edificio, los candelabros, el órgano, objetos como el arca donde se guardan los rollos de la Torá, dibujan lugar donde se celebran ceremonias cuyo significado y desarrollo aun se nos escapan.


En la decoración interior tuvo gran participación, Immanuel Löw, el Gran Rabino, que colaboró con el arquitecto en la elección de los motivos bíblicos de los altares, así como los adornos de ventanas y paredes.




La sinagoga también sufrió los desastres de la II Guerra Mundial, aunque ha sido restaurada en gran parte, y es hoy por hoy, una visita imprescindible en esta sorprendente ciudad llamada Szeged.

septiembre 08, 2014

Monasterio de Alcobaca. Don Pedro y doña Inés de Castro, el amor que venció a la muerte

Alcobaça, sepulcro Dom Pedro

El aire parece cambiar de forma visible cuando dejamos atrás un sol radiante y traspasamos las puertas del Monasterio de Alcobaça. La penumbra y esa luz velada por el alabastro nos prepara de nuevo, es nuestra segunda visita, para repasar la historia, en parte leyenda, de Inés de Castro. El edificio es la firma en piedra de la estrecha relación entre la monarquía lusa y las ordenes religiosas desde las cruzadas.

Entre los desnudos muros de esta abadía cisterciense encontramos dos monumentos funerarios que, al igual que os contamos en La Cartuja de Pavía, la triste historia de Ludovico y Beatriz, nos hablan de una historia de amor que sobrevive al paso del tiempo.

Alcobaça, iglesia y claustro

Fue en 1147, en plena Reconquista, cuando el primer rey de Portugal, D. Alfonso Henriques hizo el voto de fundar un monasterio consagrado a la orden de Bernardo de Claraval si lograba conquistar Santarem. Realidad o ficción, el hecho es que en 1153 el rey fundó la Abadía de Alcobaça y la entregó a los monjes blancos. Algo por otra parte habitual, ya que las órdenes religiosas aseguraban la ocupación.

Alcobaça, fachada principal

Los musulmanes destruyeron las primeras edificaciones, aunque las obras se reiniciaron a principios del siglo XIII y la iglesia se concluyó en 1253. La mayor parte de los edificios originales han sido reformados en épocas posteriores, como muestra la fachada del monasterio, de la que únicamente es original el portal gótico, el rosetón y las ventanas laterales.

Alcobaça, nave central de la iglesia

Al acceder al interior de la iglesia lo primero que llama la atención es la pureza del estilo cisterciense que, afortunadamente, se ha recuperado tras la restauración del edificio. La amplitud, altura y verticalidad de sus naves, la perspectiva lograda gracias a un ingenioso recurso arquitectónico en los pilares, la limpia bóveda de crucería…, todo en su interior invita a la meditación y al silencio.

Alcobaça, Claustro del Silencio

Otro de los lugares destacados del conjunto es el Claustro del Silencio o de Don Dinis, ya que fue construido por orden de este rey a principios del siglo XIV (aunque el segundo piso es el XVI), y de esta misma época se consideran el Refectorio, una amplia estancia cubierta con bóveda ojival y el magnífico Púlpito del Lector.

Refectorio y Púlpito del Lector

La actual cocina data del siglo XVIII, dispone del agua de un ramal del rio Alcoa y su recubrimiento de azulejería blanca y su altura (18) metros con las colosales chimeneas la convierten en otro de los elementos destacados del conjunto.

Alcobaça, cocinas

Alcobaça, Sala dos Reis

Alcobaça, Sala de los Monjes

La capilla mayor con puertas manuelinas del siglo XVI, la Sala del Capítulo, la Sala de los Monjes y la Sala dos Reis completan la visita, aunque sin duda, el elemento artístico más destacado son las tumbas reales de Don Pedro y Doña Inés de Castro.

Alcobaça, Sepulcro Doña Inés de Castro

Realidad y leyenda se mezclan en esta historia. Inés de Castro acompañó a su prima Constanza Manuel, hija del duque de Peñafiel, en su viaje a Portugal donde se casaría con Don Pedro, hijo de Alfonso IV y heredero al trono. El matrimonio se celebró, pero el infante y la dama de compañía ya estaban profundamente enamorados. La situación era complicada. Por un lado Constanza, consciente de la relación entre su marido y su dama de honor, era devorada por los celos. Por otro, Inés pertenecía a un estamento social demasiado elevado como para convertirse en concubina oficialmente. Los hechos se precipitaron cuando Constanza murió durante el alumbramiento del infante Fernando.

Alcobaça, fuente abluciones Claustro de Dom Dinis

Desde ese momento Inés se convirtió, de facto, en la consorte del infante. Aun así tuvieron que transcurrir casi diez años para que se celebrara el matrimonio. Una ceremonia, tan secreta, que no está documentada, ni siquiera por los esposos y testigos del acto. No obstante, los enemigos de la familia Castro veían en Inés y sus hijos un peligro por lo que convencieron al rey Alfonso IV de que su asesinato era lo mejor para el reino. El encuentro entre el rey y doña Inés se produjo en el Monasterio de Santa Clara, muy cerca de la Quinta das Lagrimas, a poca distancia de Coimbra, donde Inés vivía desde la muerte de Constanza. En un primer momento, parece que el rey se apiadó de Inés, pero sus caballeros volvieron a insistir en la necesidad de apartar a la castellana del trono. El rey continúo su camino, y no debió oponerse esta vez, porque Inés fue asesinada.

Alcobaça, puerta manuelina

Don Pedro, que se encontraba de cacería, se sublevó contra su padre al conocer la noticia, aunque fracasó, y tuvo que aplazar la que sería su venganza. Dos años después, al morir Alfonso IV, don Pedro accedió al trono de Portugal. Uno de los autores materiales del asesinato logró huir; a los otros dos ordenó que les sacarán el corazón. Los hechos se incorporaron a la literatura por autores como A. Ferreira o Camões, aunque fue la cultura popular, con el Romance de Inés de Castro la primera en convertirla en la reina muerta.

Alcobaça, detalle mausoleo Pedro I

Doña Constanza salió
de España pa’la Coimbra.
Doña Inés la acompañaba,
Doña Inés la acompañaba;
su mejor dama y amiga.
Don Pedro salió al encuentro
con su corte a recibirlas
y de Inés quedó prendado;
nunca vio mujer tan linda.
Doña Constanza de pena,
por el rey se moría
y el rey por Doña Inés,
daba su alma y su vida.
Doña Constanza murió
y Portugal que sabía,
la pena que la mató
la muerte de Inés de Castro
el pueblo entero pidió.
La condenaron a muerte;
la condena se cumplió,
y al rey Don Pedro dejaron
viviendo sin corazón,
viviendo sin corazón.
¡Reina para Portugal!
el pueblo a voces pedía
y el rey busca la venganza,
del amor que fue su vida.
Le consumía la pena
sin tener noche ni día
y sin descanso buscaba
aquel que le quitó la vida.
Y por fin Inés vengada,
en el palacio real;
fue proclamada la reina
del reino de Portugal.

Alcobaça, juicio final sepulcro de doña Inés

Posteriormente, según la leyenda, don Pedro mando exhumar el cadáver de su reina, lo sentó en el trono y ordenó a toda la nobleza jurar lealtad a doña Inés besando su mano descompuesta. Los funerales se celebraron como correspondía a una reina y su cuerpo fue depositado en Alcobaça. Su sepulcro está sostenido por seis ángeles y lo recorre un friso con los escudos de Portugal y de los Castro. En los lados, la vida de Cristo; en la cabecera una crucifixión y a los pies el Juicio Final.

El de Don Pedro recoge la vida de San Bartolomé, patrono del rey. En el frente, un rosetón representa la rueda de la Fortuna, o según otra interpretación, escenas de la vida de don Pedro y doña Inés. La cara posterior narra los últimos instantes del monarca.

Alcobaça, tumba Pedro I

Se dice que estos sepulcros góticos son los más bellos de Portugal. Dañados por las tropas de Napoleón fueron cuidadosamente restaurados, y hoy se encuentran uno frente a otro a ambos lados del crucero.

El monasterio continuó creciendo y desarrollándose, hasta 1834 cuando se abolen las órdenes religiosas. Parte de su patrimonio se envió a diversos museos y bibliotecas, y otra parte se perdió. En 1985 el conjunto fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

También para siempre, nos quedará una historia de amor que burló a la muerte, y al tiempo.