febrero 28, 2008

L'air du temps

Colección de perfumes en miniatura

¿Qué hace de un perfume un clásico?. Mi relación con los perfumes no ha sido precisamente fácil. Es el sentido del olfato el más evocador y el menos educado; los sentimientos de atracción y rechazo son inmediatos y por ello es díficil acertar con una fragancia.

Mi primer acercamiento al mundo de los perfumes es visual, colecciono miniaturas desde hace años; es una colección pequeña, caprichosa, de envases que han hecho historia, Lalique, Loewe, Penhaligon's. Sin embargo, elegir y utilizar un perfume es más complicado, vemos, probamos, olemos, sentimos...  

Esencias mezcladas con alcohol en mayor o menor concentración son la base para llegar al eau de toilette, eau de parfum o parfum. El "made in" en nuestra memoria siempre es París o France, y casi nos hace olvidar otros lugares con tradición perfumista.

Tienda de Annick Goutal en Paris

La exquisita tienda de Annick Goutal en Rue des Rossiers en Le Marais Parisino, la presentación para regalo de Penhaligon's en Lyberty de Londres, componen un mundo que no sólo apela a nuestra nariz.  

Exceptuando algún coqueteo he sido fiel a estas cuatro fragancias: 

L'air du Temps, de Ninna Ricci, considerado durante años uno de los cinco mejores perfumes del mundo.
Trésor, de Lancôme.
Dolce Vita, de Dior.
Lolita Lempicka classic, de Lolita Lempicka.

Cuatro perfumes que son ya clásicos. No son las notas altas, sino las bajas, las que componen mi elección : almizcle y sándalo en L'air du Temps. Vainilla, melocotón y albaricoque en Trésor. Vainilla, canela y albaricoque en Dolce Vita, y por último regaliz y vainilla en Lolita Lempicka.

Sería injusto no citar a los perfumistas árabes ( los egipcios ya fabricaban ungüentos), que con esencias naturales, excitan nuestros sentidos. Perderse en la medina de Sousse -Túnez-, para encontrar uno de estos antiguos negocios y seleccionar una fragancia a medida es una experiencia. Cada mezcla sobre nuestra piel crea una nueva nota.
!Atrévete a tocar!

febrero 20, 2008

Museo Guimet de Arte Asiático en Paris

Busto de Jayavarman VII rey jhemer de Camboya

Os aconsejamos que empecéis la visita por el elegante Hôtel Heildelbach 19 de la Avenue d'Lena, Paris. En su interior se encuentran las piezas más importantes de las que Emile Guimet llevó a París en 1867, constituyendo lo que hoy se denomina las Galeries du Panthéon Bouddhique du Japon et de la Chine.

Este museo puede pasar algo desapercibido, y resulta un tanto eclipsado por su hermano mayor, el Museo Guimet.


Es, sin embargo, un espacio sumamente agradable y tranquilo, con piezas exquisitas que merecen una atenta mirada, además de un preciosos jardín japonés, por lo que nos parece una introducción perfecta a lo que veremos a continuación.

Estatuta de Bodhisattva de pie de la region de Afganistan Pakistan en el Museo Guimet de Paris

El Musée National des Arts Asiatiques, Musée Guimet, 6, Place d'Lena, fue fundado en 1889 por el industrial de Lyon, Emile Guimet, un apasionado estudioso de la Historia de las Religiones.

En la actualidad el museo acoge numerosas obras fruto de las expediciones científicas francesas en Asia, adquisiciones propias, donaciones, las colecciones procedentes del antiguo Museo de Indochina del Trocadero, y la sección de Extremo Oriente que hasta 1945, se custodiaba en el Musée du Louvre.


En 2001, tras cuatro años de trabajos, el Museo Guimet reabrió sus puertas mostrando un espacio totalmente reorganizado.

Podemos destacar, en primer lugar, la recuperación de la iluminación mediante luz natural en las salas, volviendo así a la idea original de su fundador, lo que unido al uso, magnífico, de la luz artificial, dota a las piezas expuestas de una, si cabe, mayor belleza.

Un segundo aspecto interesante es la distribución de los espacios, limpios, diáfanos, con numerosas ventanas y espacios vacíos que comunican unas salas con otras, articulas en torno a un gran patio central que confiere al Museo una dimensión espacial dinámica, sin llegar a ser laberíntica, y que hace posible un recorrido progresivo, acorde con la didáctica diseñada desde la dirección del Museo.


El didáctico es el tercer aspecto a destacar. Por un lado podemos seguir la difusión de la Civilización India, y de sus dos grandes religioses, el Hinduismo y el Budismo por el sudeste asiático, especialmente en Camboya. Por otro, y partiendo nuevamente de la India, seguiremos la Ruta de la Seda hasta China, Korea y Japón, atravesando Afganistán y Pakistán, además del Himalaya por los caminos del Tibet y Nepal. 

Por último nos muestran la civilización china en todo su esplendor e importancia histórica, ayudádonos, además a entender su influencia sobre Korea y Japón.


El último aspecto que destacaremos es la Colección, en si misma, con mayúsculas. El Museo Guimet posee la mejor colección de arte camboyano fuera de Camboya; son piezas de una factura exquisita, poco conocidas, hipnóticas, y con un gran protagonismo dentro del Museo. Su ubicación en la sala central, hace que tu mirada vuelva sobre ellas una y otra vez, pero no importa; en cada ocasión encontraréis un motivo nuevo para deteneros unos instantes.

Un Museo que, a nuestro juicio es el mejor de Europa, y compite con los magníficos Asian Art Museum de San Francisco o el Shanghai Museum; incluso creemos los supera en lo que se refiere a la variedad de tipologías que recoge, y la diversidad de origen de las piezas.

Podéis conocer más sobre este fascinante museo en su sitio web Musée Guimet.

febrero 04, 2008

Le Marais Paris, Je T'Aime

Gracias, Señor, por fin tenemos el hôtel Carnavalet, escribía en 1677 Madame de Sévigne.

Fue el nuestro un amor a primera vista; de los que sabes que no te defraudarán, y al que, después de tanto tiempo, seguimos siendo fieles. Muchos han tratado de definirla, escritores, pintores, actores, políticos, viajeros, bon vivants, pero ninguno lo ha conseguido de forma completa. No solo es la Ciudad de la Luz, del Amor..., es París. Cuando llegas, te acoge con suavidad, sin ruido, con elegancia e intimidad, como si fueras un viejo amigo, y es al partir cuando sientes su influjo, su magia que te atrapa, y, simplemente, no quieres dejarla.

Por eso, "Siempre nos quedará París", no es solamente una frase de Bogart en Casablanca, es un sentimiento que te acompañará desde la primera vez que vayas.

Además de descubrir los secretos de un barrio en concreto, entre los objetivos de nuestro viaje, se econtraban dos museos: el Musée Marmottan Monet, y el Musée Guimet des Arts Asiatiques.

El Musée Marmottan Monet, con una maravillosa colección de pinturas de Monet, entre ellas, la que se considera símbolo del nacimiento del movimiento impresionista, Impression Soleil Levant, y algunos de sus coétaneos, como Gauguin, Sisley, Pissarro, Renoir, Morisot..., dentro de una exquisita mansión privada del siglo XIX, antigua residencia del célebre historiador de arte Paul Marmottan; un museo agradable, con un precioso jardín para relajar la vista y meditar sobre lo que ven nuestros ojos.

Este museo encierra otro pequeño tesoro, las láminas iluminadas de los siglos XIII al XVI, procedentes del legado de Daniel Wildenstein, y que son un regalo para la vista.

El otro, el Musée Guimet des Arts Asiatiques, nos dejó sin aliento; la calidad de las obras, la iluminación natural, la exposición y organización son excepcionales, y merece una entrada independiente, que muy pronto podréis leer. Hay que señalar que, por obra y gracia del gobierno francés, este museo, y algunos otros de los museos nacionales, son gratuitos hasta, al menos hasta junio de 2008, incluyendo las audioguías, así que aprovechad la ocasión.

Por último, debemos confesar que, a pesar de todo, no pudimos evitar hacer una visita a la Sección Egipcia del Musée du Louvre, y caminar por el centro de París. Una soleada mañana de enero, Notre Dame sin andamios, ni obras..., no se puede pedir mas.

El objeto principal de este pequeño viaje era el que, ya desde hace tiempo es probablemente el barrio más dinámico de París, Le Marais, y recorrer sus rincones.

Decidimos alojarnos en el Hotel des Chevaliers, en el 30 de la rue de Turenne, a 50 metros de la Place des Vosges, aunque suficientemente alejado del tráfico, algo más intenso, pero nunca comparable al de los grands boulevards, de la rue St. Antoine, donde se encuentra la estación de metro más cercana.

A lo largo de su historia, el barrio ha experimentado profundos cambios; primero pasó de ser una zona pantanosa (marais), a tierra de cultivo en el siglo XIII, merced a la labor de monjes y templarios. La muralla levantada por Carlos V aumenta la sensación de seguridad en la población, lo que provoca un notable incremento demográfico, y su faceta agrícola pierde importancia frente al uso residencial, impulsado también por el propio monarca, que abandona la cité para residir en el hôtel Saint Paul.

El momento de apogeo del barrio llegó en 1605, cuando Enrique IV ordena a Sully llevar a cabo la construcción de la Place Royale, hoy Place des Vosges, lo que lconvirtió al barrio en objeto de deseo para los aristócratas parisinos, que construyeron allí sus lujosas mansiones.

Sin embargo, a finales del siglo XVII y principios del XVIII, la aristocracia se trasladó a Versalles, y a los faubourgs Saint Germain y Saint Honoré, lo que provocó la llegada de nuevos inquilinos; comerciantes y artesanos ocuparon los edificios. Tal vez por ello, Le Marais es uno de los pocos barrios de París que conserva la mayor parte de los edificios anteriores a la Revolución, con lo que alojarse aquí equivale a un viaje en el tiempo.

Hoy en día es un barrio vivo, lleno de calles estrechas, donde se mezclan el comercio tradicional y las vanguardias; las promesas de la couture, la música clásica y el jazz, las antigüedades y el diseño más actual, como en el Village Saint Paul; lleno de cafés, bars de vins, boulangeries y bistrots; donde saborear auténtica comida francesa y nouvelle cuisine en apenas unos metros cuadrados. Sin humo, sin tráfico.

Uno de los muchos lugares del barrio donde podréis comprobarlo, es la Place du Marché Ste.Catherine. Locales como Le Marché, donde el magret de canard con limón confitado y miel, panadera y setas, o la poule sobre cous-cous y curry de calabacín, acompañados de un buen merlot, os harán olvidar las fatigas de la jornada.

Es un barrio para pasear, y observar; sentarse en una plaza comiendo una quiche, mientras una pareja se besa apasionadamente en otro banco, unos judíos ortodoxos caminan apresuradamente en dirección a la sinagoga, o adivinas, a través de las ventanas del café, animadas discusiones sobre arte, literatura, política...

Recorrer el rectángulo mágico que marcan el Hôtel de Ville, la Place de la Bastille, el Museé Picasso, y el Centre Georges Pompidou, es exigente, pero sin duda, merece la pena hacerlo; con tranquilidad, contemplando los numerosos hôtels particuliers, y el ir y venir de la población, con pequeñas ayudas, por ejemplo, un café con pastel de chocolate o de limón en el Royal Bar, 19 de la Rue du Parc Royal, donde todas las mesas está adornadas con una rosa natural.

Es París.


Relatos de otros viajeros #postamigo
Una visita al Centro Pompidou - Ahora Toca Viajar