¡Menuda sorpresa oculta el paisaje noruego de Jevnaker! Si alguna vez te has preguntado qué ocurre cuando la arqueología industrial de finales del siglo XIX se fusiona con el arte contemporáneo, una arquitectura rompedora y la naturaleza como telón de fondo, la respuesta se llama Kistefos. Un singular museo que se encuentra apenas a una hora de Oslo, la capital de Noruega, y del que vamos a dar un buen número de razones para querer conocerlo.
Situado a orillas del Randselva, este espacio ofrece una combinación única: un museo industrial en perfecto estado de conservación, dos galerías de arte de nivel internacional y un gran parque de esculturas al aire libre con más de cincuenta piezas integradas en la naturaleza.
Empezamos a viajar con regularidad a Noruega en 2016, aunque nuestro primer contacto con el país nórdico lo tuvimos un poco antes, en el año 2013, cuando visitamos Bergen y Stavanger. Algo que nos ha ido llamando la atención durante estos años, además de la espectacular transformación urbanística de Oslo, la capital, ha sido el gusto noruego por conservar edificios industriales de ladrillo cara vista que tanto nos gustan y darles un nuevo uso, a veces muy diferente, al que se dedicaron en origen. El ejemplo, tal vez, más significativo lo tenemos a lo largo de las orillas del Akerselva, el río Aker que atraviesa la capital noruega.
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Para comprender la verdadera esencia de Kistefos, también tenemos que remontarnos a su pasado industrial; hay que viajar hacia atrás en el tiempo más de trece décadas. La historia comenzó en 1889 de la mano de Anders Sveaas, un visionario con un gran olfato comercial. Al ver el potencial hidráulico de la zona, Sveaas adquirió los derechos del salto de agua del río y los terrenos colindantes para fundar la sociedad A/S Kistefos Træsliberi. A mediados de 1890 la fábrica empezó a procesar la madera local para producir pasta de papel, un suministro clave para la industria papelera de la época.
La planta se mantuvo a pleno rendimiento durante más de sesenta años, siendo un motor económico clave en la zona. Sin embargo, a mediados de los años cincuenta la situación cambió. En el otoño de 1953 un contrato firmado con Follum Fabrikker que establecía, en principio, roles diferentes a cada empresa, acabó, sin embargo, provocando el declive de Kistefos, que a mediados de 1955 paraba sus máquinas al trasladarse toda la fabricación a las instalaciones de Follum.
Y aquí es donde la historia da un giro curioso y determinante. El contrato estipulaba explícitamente que la fábrica de Kistefos debía mantenerse lista por si en el futuro se decidía reanudar la producción. Gracias a esta cláusula tan particular, los edificios, las pesadas máquinas de época, las herramientas y buena parte de los enseres quedaron intactos en su sitio, salvándose del desmantelamiento habitual de otras plantas.
A comienzos de los noventa, tras ciertas discrepancias entre miembros de la familia Sveaas, la propiedad paso a manos de terceros en varias ocasiones, hasta que en 1993 Christen Sveaas, nieto del fundador, compró la mayoría de las acciones comprometiéndose a crear un museo de historia industrial aprovechando los edificios de la vieja fábrica.
Christen Sveaas inauguró en 1996 el complejo cultural que disfrutamos hoy, el Museo Industrial de Kistefos que es, además, el único en Noruega que conserva sus naves y equipos de producción casi completos, lo que ha convertido al enclave en un monumento único del primer periodo de la industrialización en la Noruega moderna.
Pero Kistefos no solo rinde homenaje a su pasado fabril. La llegada del nuevo milenio trajo una apuesta decidida por el arte contemporáneo que situó al recinto en la primera línea internacional. La joya indiscutible de esta metamorfosis es The Twist. Esta sorprendente estructura abrió sus puertas en septiembre de 2019, diseñada por el famoso estudio danés de arquitectura BIG (Bjarke Ingels Group).
La creación de este hito arquitectónico respondió a dos necesidades prácticas del parque. Por un lado, hacía falta un pabellón amplio y moderno para albergar arte internacional de gran formato. Por otro lado, la expansión del parque de esculturas a ambos lados del Randselva obligaba a los visitantes a hacer un recorrido incómodo en forma de "U", requiriéndose un segundo puente para conectar ambas orillas y cerrar un circuito continuo en bucle. El equipo de Bjarke Ingels fusionó ambas demandas en una sola idea: diseñar una galería que fuera al mismo tiempo un puente funcional y una imponente escultura habitada.
Con mil metros cuadrados de superficie y sesenta metros de luz cruzando el río, The Twist ha recibido el aplauso de la crítica internacional que lo han situado entre los destinos culturales indispensables del mundo, otorgándole premios como el mejor museo arquitectónico del año.
Desde el punto de vista del diseño, el edificio ofrece un fascinante juego de ilusión óptica. Aunque percibimos siluetas curvas, la estructura está construida utilizando únicamente líneas rectas. Si algo podemos echar en falta en la nueva arquitectura se abre paso en Noruega es precisamente la ausencia de líneas curvas. Ejemplos recientes los tenemos en Oslo, con Deichman Bjørvika (la Biblioteca Pública de Oslo), el Museo Munch, el nuevo Museo Nacional (Nasjonalmuseet) o los complejos de viviendas en Bjørvika, justo delante del famoso Barcode.
Volviendo a The Twist, lo paneles de aluminio y listones de madera se torsionan gradualmente en abanico sobre su propio eje. La rotación de noventa grados que realiza el edificio en su tramo central crea la sensación de curvas orgánicas partiendo solo de elementos rectilíneos.
En su interior, el recorrido se organiza en tres galerías. Al entrar por la ribera sur, encontramos la Galería Cerrada, un espacio con techos de doble altura y visión limpia hacia el extremo opuesto. A continuación pasamos a la Galería Twist, ubicada en el tramo torsionado donde las paredes se van inclinando hasta transformarse en techo y el suelo cambia de orientación al rotar los noventa grados. Por último, en el extremo norte se halla la Galería Panorama, cuyos grandes ventanales brindan vistas espectaculares del río y la vegetación.
Al pulsar play se carga el reproductor de YouTube (Google), que puede usar cookies. Más información en la Política de Privacidad.Pero las sorpresas no terminan ahí. Una escalera de cristal conduce al nivel inferior sobre la orilla norte, donde un ventanal de altura completa permite observar el río a pocos centímetros, logrando una inmersión completa en la naturaleza. Además, como detalle vanguardista, los propios aseos del museo han sido intervenidos con las ingeniosas propuestas de Tony Oursler.
Llevar a cabo esta obra sobre las aguas del río supuso un desafío técnico de enorme complejidad. De hecho, al retirar el puente provisional que hacía de soporte, el edificio sufrió un asentamiento inesperado y cedió hacia abajo más de lo previsto. Para corregirlo, los ingenieros tuvieron que reabrir la edificación completa y volver a soldar uno a uno todos los pernos de fijación.
La oferta expositiva se complementa con la Galería Nybruket, ubicada en uno de los antiguos edificios fabriles de A/S Kistefos Træsliberi. La cuidada rehabilitación de esta nave conserva el patrimonio industrial como marco perfecto para el arte contemporáneo, albergando muestras temporales de prestigio.
El otro gran pilar de Kistefos es su parque de esculturas al aire libre. Una forma de popularizar el arte muy común en Noruega y que sorprende a no pocos visitantes. Seguramente el ejemplo más notable es el Parque de Esculturas de Ekeberg, sobre una de las montañas de dominan Oslo y asignatura pendiente de esta bitácora. En cada uno de nuestros viajes a la capital nórdica ya se ha convertido en un imprescindible pasear por el bosque de Ekeberg en busca de las nuevas piezas.
De vuelta en Kistefos y a su parque de esculturas, repasamos la colección permanente que reúne en la actualidad cincuenta y cinco obras de algunos de los artistas más renombrados del panorama mundial, entre los que destacan Yayoi Kusama, Claes Oldenburg, Fernando Botero, Tony Cragg, Olafur Eliasson, Anish Kapoor, Jeppe Hein... Es, como el museo, una colección viva, al incorporar cada temporada una o dos obras de gran tamaño.
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Hemos viajado hasta Kistefos en dos ocasiones, una en verano, la otra durante el invierno. ¿Cuál es la mejor época? Difícil decirlo. La percepción de las piezas del parque cambia con la luz, el clima y la estación, ninguna visita se parece a otra.
En verano el bosque se muestra en todo su esplendor, los senderos, en especial el que lleva desde The Twist a los edificios de la A/S Kistefos Træsliberi muestran una asombrosa cantidad y variedad de flores, es posible aprovechar los largos días para darse un baño en los lagos de la zona y prolongar la que es una magnífica excursión desde Oslo. Además, tanto The Twist como los demás edificios están abiertos, desde mayo a octubre, y su visita es muy interesante y entretenida.
Durante parte del otoño, el invierno y hasta bien entrada la primavera, entre finales de octubre y primeros de mayo, el interior de los edificios no puede visitarse; en cambio, no hay restricciones para deambular entre las esculturas del parque. Apenas encontraréis otros visitantes, y fuera del fin de semana, garantía de hacer la visita completamente solos. El silencio, acompañado del sonido del agua, el viento y los pájaros. Y luego está la nieve, que lo cubre todo de un manto blanco inmaculado del que asoman las obras de arte. La visita es mágica, incluso como la hicimos nosotros, con muchas nubes en vez del habitual cielo azul que nos acompaña durante nuestros viajes invernales.
El parque se inauguró en 1999, enfocado en la escultura contemporánea noruega, siendo una muestra destacada la obra Time de Nico Widerberg, instalada en 1995, para de forma gradual ir abriendo sus fronteras al panorama internacional con piezas de primer nivel.
A partir de 2005, el proyecto dio un salto cualitativo al apostar por obras hechas a medida o site-specific. Se invita a los artistas a visitar el lugar para inspirarse en la historia, el agua, la energía y la naturaleza de Kistefos antes de realizar sus piezas. En definitiva, el Museo Kistefos demuestra cómo revitalizar la historia combinando conservación industrial, arte de primer nivel y arquitectura innovadora. Transformar una antigua fábrica en un icono cultural internacional ha sido un logro rotundo. Un destino donde el Randselva continúa fluyendo, inspirando la creatividad de quienes lo visitamos.
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