El Muelle de las Carabelas, situado muy cerca de Palos de la Frontera (Huelva), es un homenaje a la aventura en la que se embarcaron un puñado de marineros comandados por Cristóbal Colón, dispuestos a arriesgarlo todo atravesando el Océano Atlántico y que, para su propia sorpresa, les llevó a tierras del continente americano. Una travesía de resultado incierto, en la que muy pocos creían, en busca de una ruta más rápida hacia las ciudades asiáticas.
Las réplicas de las naves que, en el primer viaje colombino, surcaron el entonces llamado Mare Tenebarum, Mar Tenebroso, reposan en una dársena semicircular junto a la orilla del río Tinto, ese que nos transporta a otro planeta. Leer: "Minas de Riotinto, Marte está en Huelva".
La visita de las embarcaciones está concebida para que, sin demasiado esfuerzo, podamos hacer un pequeño viaje en el tiempo y admirarnos, no queda más remedio, ante los espartanos y reducidos interiores que revelan las duras condiciones de vida que la tripulación hubo de afrontar durante los algo más de dos meses repletos de incertidumbre que duró la travesía.
Los trabajos de investigación para construir las réplicas se iniciaron en 1983 como parte de un proyecto que involucró a multitudes de entidades tanto públicas como privadas, historiadores y artesanos, con el objetivo de recuperar los conocimientos de construcción naval, de navegación y de la vida cotidiana de los marineros en los siglos XV y XVI. El 3 de agosto de 1990 las tres naves realizaron la primera de las varias singladuras previstas, atracando en puertos de España y algunos países europeos, hasta terminar en la Exposición Universal de Sevilla en 1992, conmemorando el V Centenario del Descubrimiento. El Muelle de las Carabelas se inauguró en marzo de 1994.
El acceso a los barcos se realiza a través de dos pantalanes y es ahí, una vez a bordo de cualquiera de ellos, donde uno tiene la sensación de encontrarse en una gran cáscara de nuez, a todas luces completamente inapropiada para la travesía que les esperaba. Las tres embarcaciones eran dos carabelas, la Niña y la Pinta, y una nao, la Santa María. La más pequeña de las tres es la Niña, propiedad de los hermanos Niño y capitaneada por Vicente Yánez Pinzón.
La mediana era la Pinta, nombre que le venía de sus primeros propietarios, los Pinto. Al mando estaba Martín Alonso Pinzón, probablemente el personaje más importante de la flota. Solo su buen hacer y el prestigio que tenía entre los marineros evitó el amotinamiento. En ella viajaba también Juan Rodríguez Bermejo (Rodrigo de Triana), que grito a los cuatro vientos desde la cofa de la nave, la palabra que todos rezaban por escuchar: ¡Tierra!
La nao Santa María se alquiló a su propietario, Juan de la Cosa y ella viajaba Cristóbal Colón. Era la mayor de la flota, y en ella se transportaba la mayor parte de la carga. Después de encallar en la costa norte de Haití, sus restos fueron utilizados para construir el Fuerte Navidad.
El muelle, que se ha convertido en uno de los principales destinos de la provincia de Huelva, cuenta con varios espacios más donde se puede profundizar en la aventura del descubrimiento. El Barrio Medieval, intenta reproducir el muelle de Palos, con su trajín de mercancías variopintas, desde productos típicos a utensilios de la época, puestos de comerciantes y lugar de despedida desde el que las naves partieron el 3 de agosto de 1492.
La Isla del Encuentro, la isla de Guanahaní, el lugar donde el 12 de octubre de 1492 se produjo el primer contacto con otras tierras y sus habitantes: los taínos. Un pueblo pacífico, de pescadores, agricultores y cazadores a los que se esclavizó, maltrató y se despojó no solo de cualquier cosa útil para los colonizadores, sino que también se eliminó su patrimonio cultural y su religión.
La Sala de Exposición del siglo XV, donde se intenta ubicar al visitante en la realidad del siglo XV; también se pone el acento en los conocimientos geográficos del momento, así como en las lecturas que Colón utilizó para armar su presentación ante la corona. Diversos instrumentos de navegación, herramientas, ropas, entre otros elementos expuestos, nos permiten profundizar en la aventura.
Hay que señalar que, cada verano, se realizan muchas actividades para que los visitantes se impliquen y conozcan más acerca del descubrimiento, así como sobre la vida y costumbres de la época: talleres de instrumentos musicales, de la flora y la fauna del Nuevo Mundo, conciertos, talleres de alfarería, de nudos marineros, visitas teatralizadas... Si vuestra visita coincide con alguna, la experiencia será aún mejor.
Muy cerca se encuentra el convento de la Rábida. Los franciscanos lo fundaron a principios del siglo XV y han sido los únicos moradores del lugar. De la estructura original, la que Colón conoció, a consecuencia del terremoto de Lisboa de 1755, son pocos los elementos que se conservan, destacando entre ellos el claustro mudéjar.
También se puede visitar el Parque Botánico José Celestino Mutis, dedicado al célebre botánico que se embarcó una exposición científica al Nuevo Reino de Granada (Colombia) que se desarrolló bajo el auspicio de Carlos III y se prolongó durante 33 años. Cuenta con especies de México, Colombia, Cuba, Brasil, Argentina, e incluso de varios países asiáticos y de Oceanía.
En el segundo tramo de la Avenida de las Américas, llamado Paseo de los Escudos, se encuentran, realizados en azulejo, los escudos de los países iberoamericanos, incluyendo una réplica policromada de la Piedra del Sol, aunque se la conoce como Calendario Azteca. La original se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia de Ciudad de México.
Al final del recorrido se encuentra el Monumento a los Descubridores, y en los alrededores podremos descubrir algunos hitos más en esta ruta por los lugares colombinos, como Palos de Frontera y Moguer, o la escultura homenaje al escritor estadounidense Washington Irving, que contribuyó a recuperar la memoria social y el interés por el primer viaje de Colón, gracias a las notas sobre la vida cotidiana en Palos de la Frontera y Moguer que tomó en su diario de viaje el 12, 13 y 14 de agosto de 1828 y que servirían para su libro "Vida y Viajes de Cristóbal Colón".
Una visita a Huelva no estará completa sin conocer las carabelas que un día no tan lejano cambiaron el mundo.



























No hay comentarios :
Publicar un comentario
Déjanos un comentario, es gratis y sienta genial