noviembre 27, 2009

Domingo de Adviento

Aunque actualmente la celebración del Adviento tiene un componente mayoritariamente religioso, cristiano, en su origen se trataba de una fiesta muy diferente, cuyo rasgo más característico, que ha pervivido hasta nuestros días era la Corona de Adviento.

Esta tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. La costumbre se mantiene arraigada especialmente en centro y norte de Europa, si bien, gana adeptos entre los paises del sur año tras año.

A nosotros nos introdujo en ella, nuestro actual equipo americano, Monikita y Alvi, por aquel entonces húngaro.

El año pasado descubrimos un librito de Jostein Gaarder:
El Misterio de la Navidad
Estaba anocheciendo. Las luces de las calle adornadas para Navidad estaban encendidas y gruesos copos de nieve bailaban entre las farolas. Había mucha gente por todas partes.

Entre todas esas personas a
jetreadas se econtraban Joakim y su padre. Habían ido al centro a comprar un calendario de Navidad justo en el último momento, porque al día siguiente era uno de diciembre. Ya no quedaba ninguno ni el quiosco de periódicos, ni el la librería de la plaza.

Joakim tiró de la mano de su padre y señaló el escaparate de una pequeña tienda. Delante de un montón de libros había un calendario de Navidad de alegres colores.


Ese calendario, como todos los de adviento, tiene 24 ventanitas para abrir, una por una, cada día de diciembre hasta nochebuena. Pero este resultará ser un calendario mágico...


El libro está escrito a modo de calendario, y se lee un capítulo por día, al menos esa es la idea, y lo que nosotros hicimos el año pasado, eramos niños otra vez, esperando al día siguiente para ver que historia se ocultaba tras la ventana de ese día, y tal vez, repitamos de nuevo la experiencia.

Si queréis sentirlo, corred a vuestra librería, el domingo es domingo de adviento....

noviembre 23, 2009

Seguimos dando la Lata


Parece que fue ayer cuando empezamos nuestra aventura a través de la red, y ya han pasado dos años. Han sido intensos, llenos de sorpresas, en los que El Guisante Verde Project ha salido al mundo, llegando a los cinco continentes.

Este segundo año, en especial, nos ha traído aun mas alegrías, ya que nuestro círculo de amigos se ha visto magníficamente incrementado. Y hemos ido más allá, conociendo en persona a Loquemeahorro (ya para siempre, Mujer de Incontestable Belleza). Y lo hicimos de la mejor manera posible, visitando la gran exposición de Sorolla en El Prado, prolongada hasta altas horas de la madrugada (y hasta aquí podemos leer....).¿Quién será el siguiente?.

Ahora comenzamos una nueva andadura, preparando los ya tradicionales calendarios, la lectura navideña de Dickens y el II Evento Guisante. Ha habido algunos cambios, plantilla, dominio, más blogs, contactos con compañeros de Flickr..., Ana y Patxi, con los que compartimos mucho más que la pasión por el arte y la fotografía.

Tras el éxito de la fiesta del año pasado, vamos a intentar superarnos, de momento os dejamos el vídeo del primer aniversario, con parte del equipo guisante y para que quede claro que no reparamos en gastos. Si hay que viajar, se viaja.

¿Os unís a la fiesta?






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noviembre 16, 2009

Cast-Iron SoHo

Cuando planeas viajar a New York una de las primeras imágenes que vienen a tu mente es la de rascacielos como el Chrysler Building, o el Empire State Building, altos, esbeltos, desafiando a la gravedad.
Sin embargo, sus orígenes fueron más modestos. Parte del equipo de
El Guisante Verde Project llegó algunos días más tarde a NYC, y decidió terminar su estancia visitando el Metropolitan Museum, algo que sin duda no debéis dejar de hacer.


Por nuestra parte, nos encaminamos hacia el
SoHo en busca del avance técnico que permitió, en cierta medida, el nacimiento de los rascacielos, el cast-iron, o hierro colado. Esta técnica fue descubierta por los ingleses a finales del siglo XVIII. Permite construir fachadas más ligeras que las de ladrillo o piedra, con mejor ventilación, y un mayor número de ventanas, elementos que se retomarán en los futuros rascacielos.
El arquitecto diseña el modelo, y el constructor realiza un molde en el que se vierte el hierro colado, siendo posible repetir un mismo motivo varias veces, y unir de manera casi infinita sus componentes en función de tamaño o de los gustos del cliente: es el comienzo del prefabricado.

SoHo es el acrónimo de South of Houston Street, y hacia 1850 era el centro comercial de Nueva York. Hoy día conserva la mayor concentración de edificios con fachada de cast-iron, en especial, almacenes e industrias, que conforman un espacio urbano muy homogéneo.

Muchos de estos edificios fueron levantados por empresarios textiles, de alimentación, del mueble..., que necesitaban amplios espacios interiores para el almacenaje y escaparates atractivos, así como una mejor defensa contra los incendios. Sin embargo, el hierro fundido no es un material lo suficientemente resistente como para emplearlo en muchos pisos y su escasa resistencia al fuego expone a los ocupantes a un peligro real.

Las partes estandarizadas se ensamblan y empernan directamente sobre el terreno, lo que no requiere una mano de obra cualificada, y su coste es menos elevado que el ensamblaje en piedra, material, además, mucho más caro.

Tras la fachada metálica, las estructuras de sustentación siguen siendo de madera o de mampostería tradicional: habrá que esperar al procedimiento Bessemer, 1855, y a la popularización del acero de alta resistencia para conseguir un esqueleto homogéneo.

Al principio, el cast-iron imitaba a la piedra aplicando en las fachadas una capa de pintura mezclada con arena, lo que daba gran autenticidad al resultado; algo que comprobamos nosotros mismos, golpeando diversos elementos de las fachadas, cuyo sonido metálico nos indicaba el material del que estaban realizadas, ante nuestro asombro, ya que parecía piedra.

Tal vez el más significativo de estos primeros edificios sea el Haughwort Building de 1857, en el 488-492 de Broadway, que en su origen fue un gran almacén de vajilla y relojería, levantado por el arquitecto J.P. Gaynor para el magnate del arte gastronómico E.V. Haughwort. 

Se le consideró un auténtico palacio veneciano, debido a sus soportales y columnas.

Además de ser el primer edificio de la ciudad con fachada de hierro colado, Elisha G. Otis instaló aquí el primer ascensor para el transporte de pasajeros dotado con un dispositivo de seguridad.


Gracias al éxito obtenido, y a las propiedades del hierro fundido, los arquitectos crearon nuevos modelos decorativos, como las columnas llamadas velas de cachalote, y de pronto se cambiaron las tornas. Las fachadas en piedra comenzaron a imitar al hierro fundido, como puede verse en el 502 de Broadway.


Broadway en el SoHo no es el santuario de los teatros, sino del comercio y las tiendas. Es una avenida inmensa, llena de contrastes, y con una particularidad en su trazado que la diferencia de todas las demás.


El equipo de El Guisante lo comprobó, paso a paso, ya que la recorrimos casi en su totalidad.

En el número 575, esquina con Prince St., se encuentra la tienda estrella de
Prada, en lo que fue la sede del Guggenheim del SoHo.


Un edificio con fachada de ladrillo, y puertas y ventanas de cast-iron, construido entre 1881-2 por el arquitecto T.Stent.


Casi enfrente del anterior, en el 561 de Broadway, y levantado en 1904 por el arquitecto E.Flagg, nos encontramos con el Little Singer Building.


Realizado en estilo Art Noveau, en forma de L, para I.M. Singer, inventor de la máquina de coser.

Ya que el arquitecto había edificado el Singer Building (cuya demolición en 1970 causó una enorme polémica), a este se le puso el apodo de "Little".


La estructura metálica empernada y los almocárabes florales dan muestra de la sensibilidad estética de Flagg, cultivada en la escuela de Bellas Artes de París.


En el 478-482 de Broadway, se alza el Roosevelt Building, obra de R.M. Hunt. Fue el primer arquitecto formado en la escuela de BBAA de París, presidente del American Institute of Architects y representante de una generación de arquitectos que toman su inspiración de Europa.

Este edificio muestra las posibilidades del cast iron de forma completa.
Grandes vanos agrupados de tres en tres y adornados con pequeñas columnas que le proporcionan una gran sensación de ligereza, además del vivo colorido de varios elementos constructivos (en su origen).

Muy cerca, en Greene Street, nos encontramos la colección más importante de fachadas de hierro colado.

A los dos edificios más bonitos, se les conoce como King and Queen of Greene Street (72-76), y (28-30), un ejemplo perfecto de estilo Segundo Imperio.


Siguiendo por Prince Street encontraremos un gran número de galerías y tiendas, algunas con escaparates realmente impactantes.







También se puede pasear Wooster St. y Broome St., donde en la esquina con Greene St., se encuentra el Gunther Building (469-475), con una preciosa fachada en hierro colado.

A principios de los sesenta al barrio se le conocía como los cien acres del infierno y había perdido su dinamismo comercial, hasta el punto de que el ayuntamiento proyectó atravesarlo con una autopista, pero los grandes locales y almacenes industriales vacíos comenzaron a atraer a un público nuevo: los artistas, que encontraron allí espacio para las monumentales obras de la vanguardia.
 

El barrio recuperó el pulso, y la creación de un status especial para los artistas hizo posible convertir los espacios en apartamentos cuando sus ocupantes lo solicitaban.

Así nacieron los lofts, apartamentos sin tabiques que ocupaban todo un piso.


Llegaron las tiendas, museos, restaurantes..., y a pesar de que muchos artistas y galerías actualmente han buscado nuevos espacios en Chelsea, en el SoHo se respira una atmósfera de gran vitalidad artística, y es un barrio de moda donde pasear resulta un ejercicio enormemente gratificante, donde a cada paso nos encontramos con locales que nos invitan a detenernos y a entrar, con gente en las terrazas, en la calle, una pequeña ciudad dentro de Manhattan.

noviembre 04, 2009

Hacia Rutas Salvajes

Hemos elegido como título para ilustrar nuestra particular travesía del desierto que durante estos últimos días nos ha mantenido fuera de juego, el del libro de Jon Krakauer que, de paso, comentaremos.
Diversos cambios técnicos nos han obligado a suspender nuestra actividad en la red provisionalmente. Una vez solventados volvemos, siendo lo más visible el cambio de dirección del blog, ya que ahora disponemos de dominio propio.

Este es: www.guisanteverdeproject.com

Aunque la dirección antigua seguirá funcionando, podéis actualizar este dato en vuestros feed, y marcadores. Los cambios han producido algunos daños, entre ellos, la pérdida de
los enlaces en la barra lateral. Si alguno estaba y ahora no, nos gustaría que nos lo hicierais saber para poder solucionarlo.


A partir de ahora, y gracias a la ayuda de Gil Padrol, Editor de Altaïr Blog, que ha demostrado infinita paciencia, además de resolver rápida y eficazmente cuantas cuestiones le hemos planteado, también estaremos presentes en el Blog de la revista de viajes Altair, donde a todos los viajeros nos gustaría trabajar.

Poco a poco iremos subiendo y creando contenido para este nuevo espacio, del que os dejamos el enlace a nuestra primera entrada, dedicada a los diner.

Y ahora, pasamos a la reseña del libro que da título a esta entrada.

Jon Krakauer escribió Into the Wild partiendo del artículo que redactó para la revista Outside, relatando la historia del joven estadounidense, Chris McCandless que murió en un viejo autobús de línea de la ciudad de Ancorage, abandonado en mitad de la nada, en la Senda de la Estampida, Alaska.

Muchos tenemos una visión que podría calificarse de romántica, acerca de esa última frontera que es el territorio del Norte. En gran parte sigue siendo un lugar salvaje, donde la naturaleza debe ser respetada y temida. Y no siempre aquellos que se internan en sus dominios lo tienen presente.

El libro ha llegado a nuestras estanterías de la mano de la película dirigida por Sean Penn, y esa carta de presentación debería ser suficiente para indicarnos que estamos ante una buena obra.

Sin embargo, tengo que reconocer que no ha resultado lo que esperaba, a pesar de que está correctamente escrito, con cierto dinamismo incluso, y que, para tratarse de un libro cuyo final es conocido, mantiene un punto de interés difícil de conseguir en estas circunstancias.

Cuando leí, hace algunos años, Dios, el Diablo y la Aventura, un libro que prometía muchísimo sobre el descubrimiento de las fuentes del Nilo, de Javier Reverte, recuerdo que tuve la sensación de haber leído una historia sacada de la nada.
Con la obra de Krakauer me ha sucedido otro tanto, y pienso que, será muchísimo mejor el artículo que dio origen al libro, incluso me atrevería a decir que la película lo supera sin problemas.




Creo que el autor no ha tratado de crear una novela, sino que desarrolla su artículo, fruto, como afirma él mismo, de la obsesión por esclarecer lo sucedido con McCandless, y es precisamente ese afán de presentarnos el libro como un trabajo de investigación periodística lo que lastra el resultado final.


McCandless un día desapareció sin más de su ciudad natal, y a pesar de que era costumbre en él hacerlo durante los meses de verano, esta vez no se puso en contacto con su familia en ningún momento, utilizó diversos nombres, y su aventura duró más de dos años.

Pero realmente no hay nada que justifique su actitud, todo son conjeturas, incluso la causa de su muerte no queda desvelada totalmente, debido al estado del cadáver cuando se realizó la autopsia.

Krakauer no conoce suficientemente a los protagonistas, y se resiste a elaborarlos como personajes de una novela. Esta falta de apoyos a la hora de crear el libro hace que recurra a experiencias propias estableciendo un paralelo con la línea vital de Chris, que en ocasiones rechina y se ve cogida por los pelos.

La aventura de McCandless es un puzzle que Krakauer ha ido recogiendo pacientemente, pero no consigue ensamblar las piezas porque le falta lo fundamental: la versión del protagonista que, tal y como plantea el libro no puede imaginar, ni concluir a partir de lo que tiene.

Aún así, reconozco que
me ha gustado el libro, probablemente porque algunos aspectos del espíritu de Chris McCandless viven aun en todos nosotros, aquellos que nos conectan con la Naturaleza y los espacios abiertos.

Es un libro que nos lleva a reflexionar sobre las ataduras materiales que tenemos y que nos impiden ser libres, aunque solo sea por un breve tiempo y sin llegar a emular a Chris, que abandona sus posesiones, regala el dinero de la cuenta corriente a una organización humanitaria, sale a recorrer el país (un país tan grande como Europa), vive con lo justo, sin acumular nada, y sufre penurias en la búsqueda de aquello que entiende es propio destino. Eso es algo que no todos estamos dispuestos a hacer.

Y tal vez debiéramos preguntarnos por qué.