Muy cerca de Coimbra, existe un lugar conocido como "bosque encantado", la Mata do Buçaco que sorprende de forma inmediata.
Su origen se remonta al siglo VI, cuando una comunidad de monjes benedictinos recala en el valle, pasando posteriormente los terrenos a manos del Obispado de Coimbra, que, a principios del XVII lo cedió a los carmelitas descalzos, quienes construyen el monasterio, en 1628. Actualmente solo quedan la iglesia, cuya fachada principal tiene tres arcos, interior de nave única, y planta de cruz latina, y el claustro, rodeados por el hotel.
Los monjes, en su afán de conseguir un lugar para el recogimiento y la oración, deciden levantar un muro de piedra de 5750 metros de longitud que delimita el bosque, y continúan con la plantación de especies forestales exóticas, provenientes de las colonias portuguesas.

Hoy día, podemos contemplar más de setecientas especies arbóreas, en una superficie de unas 400 hectáreas. Especies únicas, que requerirían viajar por todo el mundo para contemplarlas: abetos del Himalaya, acacias australianas, alcanforeros japoneses, araucarias brasileñas, cedros del Caúcaso, eucaliptos de Tasmania, fresnos de Pensilvania, ginkos biloba, palmeras de Asia, pinos mejicanos, secuoyas, tilo y tuyas americanos… Junto a ellos árboles autóctonos y flora europea: alcornoques, encinas, hayas, lentiscos, olivos, olmos, robles y tejos.
Los monjes obtuvieron del Papa Gregorio XV en 1622 una bula que prohibía la entrada a las mujeres, ingeniosamente sorteada cuando la Reina Catalina, viuda de Carlos II de Inglaterra, quiso visitar el Buçaco, abriendo una nueva puerta en el muro. Desde entonces hay una tercera entrada, llamada Portas da Rainha. Otra bula la concedió Urbano VII, y condenaba a la excomunión a aquellos que talasen o degradasen el bosque.
Entre 1730 y 1750 los monjes construyeron once ermitas en el bosque para vivir en ellas en aislamiento, de las que continúan en pie nueve. Las vistas que se obtienen desde sus tejados son espectaculares: todos los matices de verde que se puedan imaginar, una alfombra densa y tupida, que te transporta a lugares mucho más lejanos, y nos recordaba, inevitablemente, a la película, “Los últimos días del Edén”.
Con la abolición de las órdenes religiosas en 28 de mayo de 1834, y los procesos de desamortización el Buçaco pasa a manos de la monarquía y del Estado que, continúan con las labores forestales y acrecientan su fama con la construcción del palacio.
También entonces se instaló el viacrucis de más de tres kilómetros que hoy en día está formado por veinte pequeñas capillas en cuyo interior están representadas las distintas estaciones mediante figuras modeladas en barro a tamaño natural.
Una gran parte del viejo convento fue derribado a comienzos del siglo XX para construir un pabellón de caza para la familia real portuguesa. Del proyecto se hizo cargo el italiano Manini aunque también intervinieron arquitectos como Nicola Bigaglia, Manuel Joaquim Norte y José Alexandre Soares. Tras la primera guerra mundial, ya convertido en el Palace Hotel Buçaco, se convirtió en uno de los destinos de moda en Europa.
De estilo neomanuelino, su estructura exterior, en piedra de Ança, recuerda a la Torre de Belem y muestra motivos del claustro del Monasterio de los Jerónimos, así como arabescos del Convento de Cristo de Tomar.
Especialmente interesantes son la fachada Sur y sobre todo la llamativa galería Este, con varias escenas de la gesta portuguesa.
La entrada al hotel estaba prohibida para los “curiosos”, pero fieles a nuestra idea de que en cualquier hotel del mundo puedes pagar un café, nos cambiamos de ropa en el coche, ya que después de estar todo el día recorriendo el bosque no parecía muy apropiado entrar con botas y bastones, y nos dirigimos a la entrada. Pasamos, con algún recelo por parte de los porteros; pedimos un café, nada del otro mundo, por cierto, y recorrimos las diferentes estancias, algo que sin duda merece la pena.
El suntuoso interior está decorado con paneles de azulejos, frescos y cuadros alusivos a la época de los descubrimientos portugueses, también a Os Lusíadas, los autos de Gil Vicente de y la "Guerra Peninsular" (Guerra de la independencia); esculturas de A. Gonçalves y Costa Mota; lienzos de J. Vaz ilustrando versos de la epopeya marítima de Camões; los frescos de A. Ramalho o las pinturas de C. Reis.
El mobiliario incluye piezas portuguesas, indo-portuguesas y chinas, realzadas por la fastuosa tapicería. Destacan también el techo morisco, el suelo de maderas exóticas y la galería real.
En definitiva, un lugar sorprendente, poco conocido fuera de Portugal y que supone el encuentro con una flora que difícilmente podremos ver en otro lugar. Si queréis recorrer sus caminos, os contamos como en nuestra entrada Mata do Buçaco.