"La noche envuelve el palacio de Beylerbé. Una fría humedad sube del Bósforo y las sombras invaden el salón de la Sultana Valida. Instintivamente las mujeres se han puesto a susurrar.
De puntillas, las esclavas se abren paso para encender las velas de los candelabros de cristal verde que, colocados en los cuatro rincones de la habitación, hacen pensar en grandes árboles frondosos."
Kenizé Mourad
"De parte de la princesa muerta"
"De parte de la princesa muerta"
La época dorada de la civilización otomana se encuentra retenida entre los muros del Palacio de Topkapi, donde aun parece oírse el bullicio de la corte, de los sultanes y sultanas, los miniaturistas afanados en iluminar sus obras, el roce de la seda sobre los cuerpos; los olores..., adheridos a la madera, a los suelos; ungüentos, aceites, perfumes de las esclavas y damas del palacio; el refinamiento e incluso la crueldad están vivos en sus pasillos y corredores.
Todas estas sensaciones que fascinaron a los europeos de entonces, nos invaden y fascinan también a nosotros, siglos después.
Dentro del palacio hay un lugar que, a menudo, y cometiendo un gran error, se visita de forma apresurada, cuando no se omite, a pesar de que entre sus paredes es, más que en ningún otro lugar, donde el tiempo parece haberse detenido: El Harén.
Creado como un simple conjunto de pabellones de madera en tiempos de Solimán y su amada Roxana, hoy día es un auténtico laberinto de patios, cuartos, corredores, baños, dormitorios y calabozos, que reúne la esencia de Topkapi.
Creado como un simple conjunto de pabellones de madera en tiempos de Solimán y su amada Roxana, hoy día es un auténtico laberinto de patios, cuartos, corredores, baños, dormitorios y calabozos, que reúne la esencia de Topkapi.
Una extensa parte del harén está decorada con la maravillosa cerámica de Iznik, y recorriendo sus pasillos, a veces en penumbra; sus salones, donde la luz se filtra a través de celosías y claraboyas, resulta inevitable tratar de imaginar cómo sería la vida de sus habitantes.
Un mundo cerrado en sí mismo, con sus propios líderes y parias, intrigas y conspiraciones; historias sencillas también, las de aquellos que únicamente trataban de sobrevivir.
Un lugar donde las esperanzas nacían y morían cada día, donde el sacrificio en beneficio de la familia que quedó atrás, hacía más soportable el encierro en esa prisión de oro.
Un mundo organizado hasta el extremo, donde cada persona tenía su papel, que debía desempeñar hasta el final.
Para nosotros, que estamos de visita, las cosas son bien diferentes; dentro del harén te sientes maravillado ante el derroche de riqueza decorativa, del barroco y el rococó turco, y, es, sin ninguna duda, un lugar indispensable de la visita, no ya del Palacio de Topkapi, sino de la propia Estambul.
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