abril 06, 2008

La historia de Fortnum & Mason en Piccadilly Street

Piccadilly St. se extiende entre Piccadilly Circus, y Hyde Park Corner, separando los barrios de Mayfair y St. James.

Además de ser una de las calles más importantes del Westend, es, probablemente la más famosa de Londres. Sus orígenes, más concretamente su denominación, han sido objeto de numerosos debates, y la realidad se mezcla con la leyenda.

La narración de los hechos más aceptada actualmente es que, fue un sastre llamado Robert Baker, que regentaba una tienda en el Strand a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII, y amasó una gran fortuna fabricando y vendiendo los llamados piccadills, los cuellos y pañuelos tan de moda entonces, el que dió origen al nombre de la calle, ya que allí construyó, en 1612 una gran mansión que pronto fue conocida como Salón Piccadilly.

Aquí se encuentran algunos de los mejores hoteles de la ciudad, y elegantes mansiones llenas de historia, como Burlington House, donde se encuentran la Royal Academy, o Apsley House, que acoge el Museo Wellington, y la llamada Plate and China Room.

No pasaremos de largo ante el edificio de Fortnum & Mason. Fue fundada la firma por William Fortnum y Hugh Mason en el año 1707. Ya en 1705, Mason regentaba una pequeña tienda en el mercado de St. James, cuando estableció contacto con la familia de constructores Fortnum, originaria de Oxford, y que llegó a Londres a raíz del Gran Fuego.

A comienzos de la era georgiana, el comercio despega con fuerza gracias a la expansión colonial inglesa, y en él tendrá especial relevancia la Cía. de las Indias Orientales, que importará productos exóticos, y, de forma significativa, té. La numerosa presencia de "Fortnums" en su nómina, incrementó la colaboración entre ambas instituciones.

Poco a poco Fortnum & Mason crece, y lo hace aun mas, por las especiales circunstancias del servicio de correos, que explotará hasta el año 1839 y que tendrá en los marineros y soldados a sus principales clientes. Durante la campaña contra Napoleón, se comercializaban paquetes que contenían miel, frutos secos, especias, y todo tipo de conservas, que eran enviadas a los soldados.

Siempre ha habido curiosidades en torno a la firma, como cuando en 1846 Richard Fortnum legó una fortuna al personal; mas o menos el equivalente actual de medio millón de libras esterlinas.

La Gran Exposición de Londres de 1851, impulsada personalmente por el Príncipe Alberto, fue todo un homenaje a la Revolución Industrial, y lo prefabricado se puso de moda. El edificio principal, el Palacio de Cristal, se fabricó en una empresa especializada y luego se ensambló en el lugar de la exposición; de igual manera, Fortnum’s lo hizo con los alimentos de lujo, listos para comer: el famoso huevo de Escocia, tortuga verde seca, cabeza de jabalí, aves de caza y corral en aspic…, lo que unido a las alabanzas de Charles Dickens, Henry James, o Wilkie Collins entre otros, situó a Fortnum’s en un lugar privilegiado de la sociedad británica.

La Guerra de Crimea fue la primera guerra cubierta por los reporteros, que además de conmover a la nación con el episodio de la Carga de la Caballería Ligera, mostraron las pésimas condiciones de los soldados. Tras el escándalo de los hospitales, y la intervención directa de la reina, los buques de suministro que navegaban por aguas de Crimea estaban rotulados con el emblema de Fortnum & Mason.

Acercándose a su primer siglo de existencia, Fortnum’s se ha convertido en el principal proveedor de alimentos exóticos de la aristocracia, aunque sean a veces, tan sencillos como los baked beans, procedentes de Estados Unidos.

Cuando en 1788 Charles Fortnum, nieto del primer William, dejó el servicio a la Corona, para dedicarse a los negocios plenamente (hecho reflejado en el film La locura del Rey Jorge), pudo parecer arriesgado o irresponsable a algunos, pero lo cierto es que la firma conoció la llegada de la Regencia con su influencia y prestigio en constante aumento.

Fortnum’s es la única tienda que cuenta con un departamento llamado Expediciones, que se ocupa de llevar el lujo inglés al corazón de África o al Himalaya. Así, la expedición al Everest de 1922 simplemente no podía arrancar sin 60 latas de foie y cuatro docenas de botellas de champán (Montebello 1915); o, cuando Howard Carter utilizaba para catalogar las antigüedades cajas de vino Fortnum’s.

En 1931, Fortnum’s se va a las Américas, y abre un edificio en Madison Ave., mas grande incluso que su matriz en Londres. En 1935, durante el Jubileo de Georges V, y, a pesar de haber importado lo mejor de los cinco continentes, creó un departamento especial para atender las necesidades culinarias de los príncipes y potentados llegados de todos los rincones del Imperio. Íntimamente unido a la Mesa de los Oficiales desde los tiempos de Wellington, durante la II Guerra Mundial, desarrolla un departamento destinado a ofrecer todo lo necesario al soldado moderno.

La fachada de la tienda londinense asistirá a la colocación, ya en 1964, del famoso reloj que, cada quince minutos, interpreta una serie de arias, y cuenta con la presencia, cada hora, de los señores Fortnum y Mason como para comprobar que todo va bien.

Desde entonces y hasta hoy, Fortnum’s ha evolucionado con los tiempos, ha llegado a Japón, (su primera expansión desde 1931), ha abierto una nueva planta de alimentos frescos y bar de vinos, siempre intentando mantener la calidad y el gusto que la distinguen desde hace siglos.

En cualquier caso, la mejor forma de apreciar todo lo esto es visitar la tienda, que no sólo ofrece alimentación, aunque es su parte más sorprendente, y, darse el gusto de comprar algo que probablemente ni sabíamos que existía, o disfrutar de una auténtica experiencia británica en su Salón de Té.

3 comentarios :

  1. Cuando tenía 13 años Londres era mi lugar. El barrio ya era insuficiente a los 10. En el fondo, para aquella adolescente que yo era las ciudades como Madrid no dejaban de ser meros espacios locales (nunca había viajado a Madrid). Sin dinero, sin posibilidades, viajaba sin descanso a través de los folletos turísticos que los agentes de viajes me entregaban gratuitamente, un tanto asombrados. En aquellos viajes descubrí que Londres era la ruptura, el desarraigo, la huida del provincialismo, la emancipación, la libertad sin límites, la sofisticación y el inglés, sobre todo, el inglés. Londres, en realidad, trascendía la medida de todas las cosas al ser un espejo del alma. Quizás llegué a Nueva York antes de tiempo. O, para ser más exactos, tal vez llegué en una progresión diferente a la que siempre había imaginado. En Brooklyn recordé Londres como al amante juvenil que el corazón siempre anhela.

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  2. Londres es una ciudad excitante, una ciudad con una magnifica oferta cultural, donde la mayor parte de los museos son gratuitos, y a la vez una ciudad que invita a descubrir, a pasear, a gozar de su diversidad. Patinadores en Trafalgar Square a medianoche, recorrer sus puentes, preguntar a los Beefeaters la contraseña de entrada en la Torre de Londres, pasear por los docklands y encontrar lugares junto al Tamesis donde a uno le gustaría vivir...

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  3. Desde la adolescencia he querido ir a Londres. Pensaba que sería una ciudad impresionante, animadísima, y diferente.No me equivoqué. Lo comprobé por tierra, agua y aire.Recomiendo hacerlo el mismo día para tomar el pulso a la ciudad. Acercarse, muy despacito, desde cualquier lugar, hasta Westminster Bridge, subir al London Eye y disfrutar del paisaje espectacular que ofrece la ciudad a 135 m de altura y por último descubrir el Támesis, mientras te lleva de paseo hasta la Torre de Londres. Turístico sí, pero memorable.
    Ya no soy adolescente. He cumplido mi deseo. Pero sigo queriendo ir a Londres.
    BGO

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